Resumen del Capítulo IV:
En el circo paso totalmente inadvertido. Con el fin de quedarme allí a trabajar, me encamino a casa del gerente, cuando, de pronto, topo con una persona que volaba hacia mí, cayéndonos los dos, inevitablemente, al barro… Menos mal que nos socorrieron deprisa…

Pasaron unos segundos cuando Cleta, la mujer de aquel frágil pero temperamental hombre, se metiera en un cuarto de la caravana y portara, cual si fuera un bebé, unas toallas suaves, recién sacadas de la secadora. El artista, negándose a cambiar de capa, trató de limpiarla con mucho esmero, pues la adoraba, y se dirigió poco después al cuarto de baño, a lavarse la cara y a volver a maquillarse –no sin terminar de rechistar por lo sucedido-, ya que faltaban dos horas escasas para que el circo se vistiera con sus altas galas y comenzará a recibir su preciado público.

-Muchas gracias. Me llamo Miguel, y esta es Pita.- murmuré mientras realizaba peripecias con los manos e intentaba lavarla- ¿Sabe por dónde queda la caravana de Nico?

-Es fácil, amigo-irrumpió el marido desde el lavabo- Está justo en frente de la de los payasos, al salir girando a la izquierda. No tiene pérdida.

-Es curioso. El domador de leones también hizo referencia a los payasos…

Cleta me ofreció un té, sentándose a mi lado, mirándome a los ojos, como si esperara un roce visual para motivarle a charlar conmigo. Y sucedió. Ella era la encargada, dentro del espectáculo, de encender la mecha de un cañón antiquísimo, herencia del abuelo de su esposo -casi datado de la época de los piratas-, aunque aquel día, antes de realizar los ensayos, y confesándose a mí en voz baja, me reveló que se había apoyado en la punta de aquél obús prehistórico, inclinando así su trayectoria, mientras conversaba con la trapecista sobre las portadas de aquella semana en las revistas del corazón. Y era evidente que se había apoyado durante un buen rato, porque hablaba por los codos, por las axilas, y por todo lo humanamente insoportable para mis oídos. Si bien el regreso de Federico, ya aseado, fue motivo para interrumpir de algún modo la pasión de su esposa por recitarme toda su vida en verso, su capa, sin embargo, relucía ahora tanto que podría haber iluminado por sí sola todo el interior de la roulotte.

-No aburras a nuestro invitado, mujer. ¿No ves que su amiga le impide llorar?

Acto seguido me levanté y agradecido por las atenciones de esta particular pareja, me encaminé hacia la salida. Cleta me detuvo con un grito atroz, y segundos después vino de la despensa con varias bolsas llenas. Contenían toda clase de dulces, mantecados, ricos pastelitos… Quería que me las llevara, para no pasar hambre, que habían sido elaborados por ella, aunque eran recetas originales extraídas de un libro de cocina que escribió y publicó su abuela años atrás, y que le dejó a ella antes de que conociera a un anciano en un viaje de la Imserso por Hawái y se quedara allí a vivir la vida con él, a bailar toda la noche en playas de arena negra, con el hula-hula puesto, al ritmo de la música Reggae, a buscarse un trabajo sólido y remunerado de pinchadiscos en los mejores alternes de la isla, a traficar con cannabis y a ser, más tarde, representante de un chico con rastras hasta en el bigote que le hizo famoso en el mundo entero, porque como su abuela fue relaciones públicas en el pasado, que intervino en el Tratado de Maastricht, en el Tratado constitutivo de la Comunidad Europea de la Energía Atómica, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que hacía los discursos de Fidel Castro y saltó a la defensa del vecino del cuarto tercera por una presunta desviación de fondos dentro de la comunidad de vecinos –que al final fue falsa-, pues otorgaba a su abuela un poder de comunicación, que ella, pese a saberse de carretilla la vida íntima de todo bicho viviente en aquel circo, incluidos los animales, los hormigueros más poblados, y por supuesto, de los flirteos amorosos entre la mujer barbuda y el hombre que me llevó hasta allí, aseguraba que no había heredado tal virtud, que a ella, si le hubieran dado la oportunidad, habría crecido como persona, de ser psicóloga o algo así, de estudiar sociología o periodismo, que le gustaría mantener contacto con la gente constantemente, de hacer entrevistas, de preparar los diálogos de las mejores series de televisión, de…

-Gracias, Cleta. Gracias, Federico. Debo irme ya.

Y cerré, casi al borde del infarto, la puerta que me separaba de la locura transitoria.

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