Resumen del Capítulo II:
Escapando de una masacre segura, fui a parar a una sala, y me escondí en un armario… De pronto, la habitación se llenó de gente…

¡Dios mío!- pensé- ¡Voy con cuatro horas de demora a trabajar! Esta vez me había pasado. El olor intenso a naftalina penetró al fin en mi larga siesta. Me levanté como pude, pues Pita se había hecho aún más grande, y entre miles de disfraces del doctor Vilches, incluida su careta, entendí que iba a ser tremendamente difícil salir de aquel mueble.

Pero la fortuna me sonrió… o se reía, sin complejos, de mí. A los pocos minutos, entraron de nuevo dos personas a aquella habitación. Iban directos hacia mí, así que, para no ser descubierto, me lié con varias batas que cubrieron la totalidad de mi cuerpo. Abrieron de par en par las puertas del armario.

-Madre mía… ¿Se supone que tenemos que llevarnos todo esto antes de plegar?- preguntó ofuscado el hombre más próximo a mí.

-Tranquilo, no te preocupes. El camión está justo debajo de esta ventana. Podemos coger un atajo, ¿no crees?…

Dicho y hecho. Empezaron a coger varios montones y, haciendo sacos, los lanzaban directamente desde unos seis pisos de altura. Lo que más me asustaba no era eso, sino su mala puntería, ya que, de tanto en tanto, les escuchaba decir: “¡Uy, casi!”

La situación era crítica. Aún con más peso encima, era imposible ponerme en pie y salir corriendo, sin añadir que, en circunstancias normales, debí haber muerto de asfixia, sino hubiera sido gracias a las enormes reservas de oxígeno depositadas en los poros de Pita.

Noté que, entre los dos, me elevaron bruscamente, aún encontrándome mimetizado en el entorno que me rodeaba.

-Caray… Como se nota que esta es la última pila… Me pesa el alma… ¡Lancémosla ya!

El vuelo fue bien, no crean. Era la primera vez que me tiraban desde un sexto piso, aunque, claro está, el equipaje era yo, sin facturar, sin tener cuidado alguno con el género… Sin azafatas, sin refrescos, y lo peor de todo: sin toallitas refrescantes para apaciguar mis sofocos.

La bañera del vehículo iba bastante llena. Eso fue determinante para que mi grosera caída fuera eficazmente amortiguada, sin sufrir daño alguno. Instantes después, los chicos de arriba le hicieron una señal al conductor para que pudiera partir. Noté en seguida que me estaba desplazando, momento que aproveché para quitarme la marabunta de ropa que residía encima de mí.

La empresa que se encargaba de este servicio figuraba impresa en la luna trasera de la cabina:

NETIMAGE, sl.

Borramos cualquier mancha que dañe su imagen

C/Paris, nº 300 bajos (Barcelona)

Así que iba destino a una lavandería. Ahora que sabía esto, debía ponerme en contacto con Andrea, para que fuera a esperarme allí sin dilaciones. Sin embargo, por mucho que la llamaba, no respondía al teléfono. Seguramente seguiría sentada en el mismo lugar donde la dejaron los médicos, sin que nadie se percatase de su presencia, y de su estado. Aunque los problemas no hacían sino que crecer. El conductor se detuvo en un lugar que olía francamente a excremento de elefante, a orina de jirafa y a carne podrida en general… Ciertamente. Cuando quise asomarme para reconocer el terreno, me había dado cuenta que estábamos próximos a un asentamiento circense.

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