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Parte V – Nada es imposible
De pronto, una figura distorsionada por el cristal escarpado de la puerta comenzó a serle familiar. Era su simpática vecina, la del bajo primera, que venía a tomarse algo con unas amigas. Rápidamente, Julián se afianzó del diario del chico de la mesa del al lado, dejándole sólo la página donde estaba impreso el sudoku y los horóscopos. Pero no sirvió de nada. Le había visto. Faltaron pocos segundos para que Julián sintiera su presencia ahí al lado.
-Hombre, ¡quién tenemos aquí!
El chico bajó lentamente las páginas que le ocultaban el rostro…
-¿Qué tal, vecina?- preguntó sin mirarle a los ojos.
-Pues ya ves. Reponiéndome de un disgusto, hijo. ¿Sabes que alguien ha puesto huevos podridos esta mañana en mi buzón?… ¿Tú no habrás sido, verdad, cariño?
-¿Yo? ¡Pero vecina mía! ¡Yo sería incapaz de hacer eso! ¡Con lo que yo la adoro a usted! Ya lo sabe…
-Ya. Pues fíjate lo que son las cosas, cariño, que yo pensaba que eras tú…
-Él no ha podido ser, señora- respondió alguien por detrás de la mujer.
-¿Y tú quién eres, si se puede saber?
-Me llamo Vanessa, y soy jefa de este chico. Él ha estado conmigo durante todo el día. ¿Nos deja solos, por favor?
Los ojos de Julián se llenaron de lágrimas, como si se tratara de la escena de una película épica en la que el príncipe salvaba a la princesa de las garras de alguna bruja malvada. Él, automáticamente, se convirtió entonces en la princesa, sin dar crédito a lo que acababa de presenciar. La mujer, anodada, tuvo que irse tras aquélla magnífica actuación y Vanessa, sonriente, se sentó en frente de él.
-¿Por qué lo has hecho?- preguntó extasiado sin poder salir de su asombro.
-Vivimos en el mismo barrio, Julián. ¡Y odio a los BakStreet Boys!
La explosión de risa que tanto uno como otro protagonizaron fue más que suficiente para hacer las paces. La amiga del bar entendió que todo iba en la dirección correcta. Así lo entendieron también el amigo de él y su pareja, que seguían muy melosos sentados unas mesas más atrás.
-Tengo un regalo para ti, Vanessa- afirmó él agarrándole una de las manos para que parara de reír y le mirara a los ojos.
-¿Un regalo?- preguntó extrañada.
Acto seguido, Julián puso una bolsa encima de la mesa.
-Esto es para ti, para reconciliarme contigo- aseguró.
-No era necesario, Julián…
-Ábrelo, va… Espero te guste.
Nerviosa, la chica abrió la bolsa… ¡Cuál fue su sorpresa cuando vio semejante obsequio!
-Qué atrevido eres… ¿Pero sabes una cosa? No soy del Real Madrid.
-Pero…- contestó aturdido el muchacho.
-Simplemente fue un error de colada de mi compañera de piso. Ella es la auténtica dueña de aquel tanga que viste. Me lo puse porque ella mezcló su ropa con la mía. Aún así, me ha encantado, Julián. ¡Y es de mi talla!
Momentos después, la amiga camarera y los dos tortolitos de atrás se acercaron a la mesa a compartir risas y asistir en primera fila al primer beso de la nueva pareja. El chico del sudoku, por otra parte, decidió que ya hora de poner el último número del juego, y cuando lo hizo, exclamó en voz alta:
-¡Por fin! ¡Pude terminarlo!
A lo que los cinco de la mesa de al lado, al girarse hacia él, respondieron al unísono con gran alegría:
-¡Podemos, podemos!

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