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Parte III – Al día siguiente…

Pasaron tres horas hasta que Julián asumiera que el partido no resultó ser como él había planeado. El encuentro terminó con una serie de penaltis que le fueron favorables al equipo contrario, y por si fuera poco, el incidente con aquélla chica… Es como si algo le hubiera seducido, como si tratara de buscar una excusa para encontrarla por todas partes con la mirada sin inmutarse de su cuarto… Estaba confuso, desorientado, queriendo sacar provecho de sí mismo e ir a la cocina a rescatar el último trozo de merengue que aún quedaba de una fiesta que celebró hace dos días en su casa, pero… le vino, de golpe, la privilegiada imagen que atormentaba tanto su cabeza… Súbitamente, y cogiendo un gran impulso, se incorporó, dirigiéndose instantes después dirección al frigorífico.

Una vez repuso las fuerzas, y coraje en mano, decidió que lo mejor era solucionar aquel asunto. Así que no le faltó ni un segundo para venírsele a la cabeza toda una legión de ideas…

-Podría preguntar a su amiga, la camarera,… No, eso es de cobardes… ¡Oh, ya está! Podría… podría… ¡Cachis, se me olvidó!

…Ideas no muy constructivas, por cierto. Aunque, tras mucho cavilar, meditó un astuto e infalible plan que le iba a permitir reconciliarse con ella: ir a una tienda y comprar el regalo adecuado para una chica de tanta clase. Así que no se lo pensó dos veces, y a la mañana siguiente, con una fuerte resaca a cuestas y habiendo sido despertado de nuevo por su incívica vecina, decidió ponerse manos a la obra.

Después de haber cumplido con ciertos deberes matutinos, como cumplir una antigua venganza vecinal, se fue, acompañado de un amigo, a la sección de ropa interior femenina de unos grandes almacenes. Verdaderamente le costaba desenvolverse entre tanto género, y como ninguno de los dos tenía ni idea de dónde buscar, les vino a pelo que una de las jóvenes dependientas se acercara hacia ellos.

-¿Les puedo ayudar en algo?- preguntó la empleada.
-Sí verá- respondió Julián- Estoy buscando un sostén del Real Madrid, si tiene…
-Tenemos, tenemos. ¿De qué talla lo quiere?

En ese momento, tanto él como el amigo, llegaron a un punto de sonrojo extremo. No tenían ni idea de una talla concreta, así que optaron, en un acto de sobreponerse a la timidez, por emplear el plan B de la Operación Reconciliación.

-Verá… Más o menos son de esta envergadura…

Y alzando los brazos a la altura del pecho, Julián puso sus dos manos hacia él con los dedos un poco curvados, simulando la redondez de los pechos de Vanessa. Tanto la chica como el amigo, sorprendidos, estallaron de risa de tal manera que la música de la sección de moda interior quedó por un momento eclipsada.

-Qué vergüenza… ¿Queréis parar ya los dos? Haber, que la vi con la camiseta mojada de cerveza… Más o menos por la forma sería así…

No obstante, repetir el mismo gesto no fue una buena idea. Dejando las risas de fondo y un poco frustrado, Julián fue a buscar él solo por los incontables pasillos de la planta femenina, su sostén. Bueno, suyo, suyo, no era, ya se entiende. Y vaya sí lo encontró. Sin más dilaciones, se lo probó por encima y metió dos pares de calcetines –cogidos como préstamo de la estantería inferior- en cada lado de la prenda. Sí, más o menos era esa la “envergadura” que él buscaba, con tal mala suerte que en ese momento le sorprendió in fraganti la dependienta y el amigo, que parecía que se habían vuelto impertinentemente inseparables.

Quitarse el tinglado de encima, volver a colocar los calcetines en su sitio e ir a pagar su sostén (para los otros dos, sí era suyo) con la mayor dignidad posible, se convirtió en un auténtico via crucis de carcajadas y clásicos piropos de obreros. Pero ya no le importaba. Lo había conseguido. Y en cuanto al amigo, se quedó un rato más por allí, conociendo un poco más a aquélla chica tan risueña…

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